domingo, 28 de mayo de 2017

La versión humana de las ratas

Desde hace tiempo que en las calles de la nación americana circula uno que otro billete con la leyenda: Mexicans, the human version of rats; es decir, Mexicanos, la versión humana de las ratas.

En un post anterior escribí sobre la idea de que la razón de fondo de una gran parte del racismo estadounidense contra los mexicanos, era esencialmente estética. No voy a abundar más sobre ello. Pero esta leyenda sobre los billetes verdes me hace pensar en otra cosa que comparto a continuación.

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Sólo quien vive en determinada comunidad y convive entre su gente puede hablar de ella con tanta razón como si hablara de sus propias manos. Por desgracia me toca hablar a mí, que no tengo un espíritu especialmente sociable, y menos aún tolerante con las cosas que me parecen estar mal.

Los mexicanos forman un pueblo abierto, complaciente con la convivencia, pasional y sin duda alegre..., no voy a negar eso. El mexicano pertenece a un pueblo que cuando quiere incluso pasa por hospitalario. Esto es su lado bueno. Pero una vez escuché una máxima que desde entonces no puedo dejarla de aplicar cuando hablo de la gente de mi país: la gente es buena hasta que la conoces.

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Si no eres un afortunado que puede pagarse una casa en una zona privilegiada en la CDMX, tendrás que conformarte con un lugar en un barrio común e incluso en un arrabal. Una vez instalado no tardarías en ver cómo la gente no respeta la entrada de tu casa obligándote a poner botes de cemento para evitar que se estacionen en ella; en vigilar noche y día esperando encontrar a la persona que tira bolsas de basura en tu puerta; en encontrarte a los varilleros desgraciados que te rompen los tímpanos con la música que intentan vender dentro del Metro; en hacer bilis cada vez que tienes que subir a un microbús porque el conductor es la persona más vulgar que pudieras haberte encontrado en todo el día; en hacer aún más bilis cuando después de entrar al microbús, te sientas justo al lado de la persona que tira su basura por la ventana; en enterarte todas las mañanas en el noticiario de Carmen Aristegui de un nuevo desfalco a las arcas públicas de parte de este y este otro servidor público; en escuchar que asesinaron a la hija de una persona en el norte del país y en oír la semana entrante que mataron a la madre de esa hija porque decidió levantar la voz; en..., no digo más.

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Sólo puedo, aunque no por las mismas razones sino por lo ya dicho, coincidir con aquellos gringos que sellan los billetes verdes denostando a los mexicanos cómo ratas. De modo que si no todos los mexicanos somos unas bestias, muchos de nosotros, un montón, sí somos como las ratas, pero más mezquinos y sucios, faltos de honor, vergüenza y respeto por los demás.

domingo, 21 de mayo de 2017

Dios y las ratas

Voltaire, ustedes lo conocen bien, en cierta ocasión hizo una magnífica y demoledora comparación entre Dios y el capitán de un barco:
Dios se preocupa de los seres humanos tanto como el capitán de un barco se preocupa de las ratas que hay en sus bodegas.
¿Alguna vez hemos pensado en que tal vez le somos indiferentes a Dios como nosotros mismos lo somos frente a otras formas de vida que tenemos delante nuestra cara y que nos son tan prescindibles que apenas nos damos cuenta que están ahí?

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Nosotros sabemos perfectamente que existen hormigas, polillas, chinches y un montón de formas de vida inferiores en nuestros jardines e incluso en nuestra propia cocina y recámara, justo frente a nuestra cara. Pero nuestros días pasan, uno tras otro, y tales formas de vida nunca nos quitan el sueño, como si esos seres vivientes no existieran, como si fueran residuos, sobrantes dignos de indiferencia.

Quizá, es posible que a un ser que está más allá de nuestra propia comprensión como Dios (si existe, por supuesto) le pase lo mismo que nos pasa a nosotros con las ratas y moscas de nuestro jardín: sabemos que están ahí, pero no nos importa su vida, sus problemas ni su felicidad.

domingo, 14 de mayo de 2017

Lesvy Berlín, crónica de un desastre anunciado!

¿Qué se espera de una persona que se codea con, si no con narcotraficantes y delincuentes, sí con pandilleros o drogadictos de barrio, porros o en general malas influencias? ¿Qué se espera de alguien que fraterniza con gente así, que aunque no participe de los crímenes (drogas, alcoholismo, etc) de aquellos, sí lo hace de su amistad y de su medio, de su contexto podrido o medio podrido?

¿Es razonable pensar que la exposición frente a tales amistades devenga alguna vez en una desgracia, quizá, por ejemplo, en ser objeto de una bala perdida entre una pelea natural entre pandilleros?

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Por supuesto que sí, de otra manera sería como esperar que jamás fuéramos mordidos por una serpiente viviendo en un serpentario; o como esperar no exponerse a ser picados por los moscos en una expedición a la selva. No es posible, simplemente no es posible.

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Hace unas semanas desgraciadamente una muchacha fue encontrada asesinada dentro de Ciudad Universitaria en la CDMX. Su nombre: Lesvy Berlín. Si Comunicación Social de la PGJ tiene razón y en verdad  la chica familiarizaba con personas alcohólicas y drogadictas, no es extraño que se haya posado sobre ella una desgracia semejante según lo ya expuesto anteriormente relativo a codearse con malvivientes.

domingo, 7 de mayo de 2017

México, un desastre post-apocalíptico!

La idea fundamental de las películas post-apocalípticas es un planeta Tierra que, por la razón que se nos antoje, se ha ido al diablo. Recuerdo ahora un par de películas estadounidenses a propósito: Cuando el destino nos alcance y Soy leyenda. Esta última protagonizada por Will Smith, película que, dicho sea de paso, me parece bastante entretenida.

Recién vi otra película de esta misma sazón: Elysium. La trama consiste en que el planeta dejó de ser un lugar medianamente tolerable, así que el ser humano ideó la forma de escapar de él. Desde luego, y como era de esperarse, quien escapa es la gente adinerada, no los pobretones muertos de hambre. Éstos, según la película, se ven obligados a morirse aquí en una Tierra deshecha, sucia, contaminada y pobre, casi un basurero, un desperdicio.

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Los estadounidenses no son tontos, así que no iban a pagar los servicios de una compañía de efectos especiales para construir un mundo post-apocalíptico cómo el descrito, si bien los productores podían encontrar una locación real, no ficticia, muy muy real que reuniera las condiciones insalubres, sucias, pobres y carcomidas de una población que pasara perfectamente como el sobrante muerto de un mundo podrido.

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¿Y saben ustedes dónde encontraron esa locación real que describía perfectamente el mundo podrido que se buscaba? En México. Los productores llegaron a México y vieron la forma de vida desastrosa y terrible en que viven millones de personas en este país, y seguramente se dijeron entre sí: ¡Eureka, miren qué asco..., si hubiéramos contratado a Pixar o Framestore hubiéramos perdido dinero para que ellos se inventaran un mundo muerto, cuando aquí nos sobra espacio para filmar!